viernes, 6 de enero de 2017

6 de enero de 2017 12:37


Estas amistades y tres o cuatro más que no han cabido en la foto las ha hecho esta misma mañana. Ya le he preguntado que si lo que quiere es volverme loca.
La respuesta ha sido mandarme el enlace, pero como yo no estoy en facebook no lo puedo ver. Entra tú aunque sea y déjame una nota junto al poto diciendo que es mentira, a ver si recupero el sosiego.
Pero no lo riegues y ponte, no lo olvides, las gafas de sol y las llaves en la alcantarilla de siempre aunque habrá que pensar otra cosa, que los bomberos están hartos.
Sí, azucarillos si quedan pero yogures no, así que no dejes de comprar las chinchetas y un bote de laca, de la de fijación fuerte.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El perrillo negro de un jardín abandonado de la calle Oquendo

Negro, de tamaño mediano y pelo negro y rizado, con un collar rojo y un genio malísimo.
Lo veía siempre cuando pasaba con Jerry. En lo que algún día fue una mansión, uno de esos chalets que hubo, y sigue habiendo, en esas calles tranquilas, sorprendentes un poco en pleno centro de Madrid, entre Velázquez y Serrano.
En éste, donde yo lo veía, grande y tal vez abandonado ya que las ventanas se ven tapiadas y muchos de los ladrillos caídos o rotos, con un jardín grande que se atisba por encima del muro de piedra y la tela metálica que lo corona, él correteaba a lo largo de lo alto del muro, de un extremo al otro, pegando ladridos muy enérgicos a Jerry, que le respondía con no menos resolución.
Su aspecto era bueno, saludable, se le veía bien alimentado, lo que me hacía pensar que ahí estaría viviendo alguien, que cuidaba el lugar, o gente sin hogar que se había metido ahí, y que él era suyo y ellos lo cuidaban.
Hace cosa de un mes eché de menos los ladridos, y las carreras alocadas a lo largo del muro.
Desde entonces, cuando he tenido a Jerry conmigo, he evitado pasear por ahí tratando de evitar el constatar que en efecto ya no está.
Hace unos días que sí tengo a Jerry y, esta mañana, me he dicho “por qué no ir, que a lo mejor está, una sola vez que no lo has visto no es prueba de nada”. Y, sí, hemos ido, aun con la corazonada no sé por qué de que no lo vería.
He querido imaginar que no pasa nada. Que las personas que estuvieran ahí se marcharon y lo llevaron con ellos.
Pero, de cualquier modo, el “ya no”  de sus ladridos, de sus carreras, de su energía y su mal genio y su viveza, me ha dejado, me deja, un no sé qué de vacío en la boca del estómago.
Y pienso, sin saberlo evitar, cuántos pequeños retazos de la cotidianidad, de lo vivido y sentido cada día aunque se sienta y se viva tan sólo al paso del “pasar”, van dejando muescas en el alma. Y qué grande y pesado resulta ese saco invisible que se lleva a la espalda cargado de innumerables “ya no”.

domingo, 4 de diciembre de 2016

12.4

Publicado por  el Dic 4, 2016 en Prólogo a la carta número doce. La música de los biorritmos.

12.4 “Hay ritmos que influyen en el funcionamiento biológico y tienen consecuencias de fácil comprensión, se podrían definir como biorritmos, ritmos matrices y derivados de movimientos aparentemente cíclicos. Ritmos de la Tierra que sitúan cada punto en un momento espacial diferente e irrepetible, y en cada ciclo similar, en cada día, se produce una repetición de impulsos distintos para cada naturaleza viva y afectan de manera diferente a la claridad mental y al tipo de impulso energético de cada persona. Se podría considerar que hay biorritmos circumdie arquetípicos, pero tal afirmación no es válida por imprecisa y carente de sutileza para ligar el biorritmo a un instrumento evolutivo como la consciencia”.
12_4

COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Miro la hora y son las 21:30, no tengo hambre pero es la hora de cenar, pues tendré que comer evidentemente… Cuántas veces a lo largo del día realizamos multitud de actos porque es lo que hemos convenido que toca hacer, y estructuramos nuestra vida en una rueda que gira y gira sobre elementos predecibles que nos dan estabilidad. Si bien es cierto que hay situaciones que tienen patrones de aparición cíclicos, por ejemplo las estaciones del año, ningún invierno o primavera puede ser igual al anterior, aunque todos tengan elementos comunes. El conocimiento de estos patrones nos es de gran utilidad social; evidentemente la agricultura, ganadería, etc. se han aprovechado de este conocimiento para optimizar su producción. ¿Pero qué pasa cuando ya no se trata de la supervivencia? Alguien avezado diría que posiblemente determinados ritos o liturgias también cobran su importancia en función del contexto relacionado con la fecha de su celebración. Por ejemplo, ¿la celebración de las fiestas navideñas en mayo tendría el mismo sentido de reunión y activación, dado el solsticio y el frío del invierno en el hemisferio norte? Parece que no. Por tanto, el conocimiento de todo lo concerniente a lo cíclico no solo tiene que ver con un beneficio para la supervivencia sino que es algo más global que afecta a todo lo fenoménico y en diferentes niveles de complejidad simultáneamente.
Quizás el elemento crucial de las situaciones cíclicas es que son predecibles, ya que los fenómenos tienen periodicidad. Esta periodicidad nos permite anticiparnos y de alguna forma nos da seguridad frente a la incertidumbre futura. Si bien cabe resaltar que no es posible la repetición de nada, nos gusta vivir en la ilusión de la similitud porque nos permite usar la memoria para afrontar la vida. Mientras creamos que dos cosas, momentos, personas o lo que sea pueden ser iguales, creeremos que aquello que funcionó una vez lo volverá a hacer si la situación es “la misma”, o que lo que sirvió para una persona servirá para otra. Esta simplificación nos evita la aventura: únicamente debemos aprender a aplicar protocolos de actuación.
¿Y si la sensación de repetición no fuera más que una ilusión fruto de nuestra pequeña capacidad de percepción de la realidad? ¿Y si precisamente desde la percepción de lo cíclico pudiéramos salir de la sensación de que algo se repite? De alguna manera las situaciones cíclicas serían oportunidades para poder afrontar mejor circunstancias que nos pueden generar una dificultad en nuestro crecimiento. Para ilustrar esto, se puede utilizar como ejemplo la película de “El día de la marmota”. Aquí una de las moralejas más importantes es que mientras uno no cambie, cada día nos parecerá que ocurren exactamente las mismas cosas, y solo al cambiar nosotros, la realidad se configura de una manera nueva. Por tanto, parece que nuestra capacidad de crecimiento radica en poder salir del juego de la repetición, en no vernos sometidos a la inercia de un funcionamiento dado, en definitiva, en ser más dúctiles y en que sea la sensibilidad la que guie cada situación. De alguna manera sería experimentar la realidad en vez de razonarla.
Sin embargo esta forma de explicar lo cíclico o lo biorrítmico parece un poco contradictoria, ya que es lógico pensar que la comprensión de los patrones que tienen lugar en la naturaleza conlleva en gran medida el conocimiento de la realidad, y por tanto esgrimir que no debemos quedarnos hipnotizados por dicho conocimiento parecería que es como acudir a la inocencia de la ignorancia. Pero nada más lejos, la comprensión y formulación de la realidad es importante, pero ello no significa que eso sea experimentar la esencia o el conocimiento, por lo que la apariencia de la forma no debe suplantar la búsqueda multiforme de la autenticidad que aguarda al Ser.

Archivo del blog