lunes, 17 de junio de 2013

Las artes del pincel, artículo de Enrique Sánchez Ludeña

Alicia Bermúdez 17 junio, 2013 at 19:49 # 
Un preciosísimo artículo, Enrique; nada en absoluto que objetar, pero…
Un “pero” tiene siempre un algo de apariencia de objeción. Pero no es objeción. Es tan sólo que aun siendo rigurosamente cierto lo que dices no lo es menos que cada tiempo trae su qué se nos trae y su qué se nos lleva. Estos, los tiempos en que estamos, han arrinconado el manuscrito, y el trazo y el rasgo y todo lo que en el entrelíneas se cuenta sin estar escribiéndolo — escribo “en el entrelíneas” sabiendo que no es correcto, pero es que es algo, el entrelineas, que lo percibo como si fuera algo con identidad propia, el sujeto protagonista de una acción — pero, ¿podrá por eso desaparecer el entrelineas?
Ahora, con las nuevas maneras de escribir, parecen querer abrirse paso formas nuevas de no acallar lo que se resiste a ser silenciado; y, sin pararse sesudamente a averiguar un cómo, la mente serpentea por vericuetos que le abran caminos de expresión que por los métodos tradicionales eran del todo inabordables.
Me estoy refiriendo a la literatura desde el punto de vista del escritor – sólo escritor, y nada más porque es el sólo escribir lo que profesa y con independencia de si obtiene de ello beneficio material o no; y nada más también porque en cuanto a escritor no es obligado que sepa (para serlo) de otras disciplinas — que puede, ahora y gracias a las nuevas tecnologías, crear ficciones jugando con recursos infinitamente más flexibles que los que ofrecía el manuscrito, que obligaba a… no sé cómo expresarlo, una especie de ilación plana, sin fracturas ni quiebros, en páginas correlativas y numeradas, donde lo relatado había de supeditarse a un orden, una ubicación concreta en un tiempo y en un espacio.
Y no es que me preocupe el contenido inmediato del qué se cuenta, que a fin de cuentas la ficción es siempre una sarta de mentiras prescindible; pero sí valoro la… creo que quiero decir algo parecido a eso que los que sabéis llamáis “plasticidad del cerebro” a que da lugar y los “trucos” que pueden utilizarse para establecer sinapsis (¿lo digo bien?) que por los métodos tradicionales de escritura eran impensables.
De todas maneras me queda un cierto no sabría decir qué de que me he marchado por los cerros de Úbeda, y que tú te refieres en el artículo a algo más sutil que yo no he sabido atrapar. Pero, mira tú, eso a pesar de que no lo has escrito a mano, ni lleva tachones.



martes, 4 de junio de 2013

Nécora o pasteles

Era una tarde de verano y estábamos en Mugardos. Pasábamos unos días por aquella zona de Galicia y con frecuencia íbamos allí, a la caída de la tarde, incluso aunque no nos quedara demasiado cerca — nos movíamos mucho y la mayor parte de las veces sin haber establecido un rumbo, tirábamos por cualquier carretera y a alguna parte llegaríamos —, sólo por el capricho de tomar marisco.
Han pasado no menos de treinta y cinco años, de manera que no sé imaginar cómo será en la actualidad el pueblo pero, en mi recuerdo, sólo había un bar, un establecimiento pequeño y de aspecto bastante rústico en el que solíamos ser — quizá por la hora, intermedia, ni de comer ni de cenar — la única clientela.
Debimos de aparcar un poco lejos — no sé por qué ya que por entonces no había tanto turismo, las carreteras de Galicia no eran de las mejores del mapa, y además ya estábamos en septiembre — y caminábamos, hablando, riéndonos, un tramo de acera…
No habría sucedido si hubiésemos aparcado cerca.
Nada sorprendente, ni pintoresco, ni especialmente digno de ser recordado; es tan sólo una anécdota que ha vuelto a mi memoria varias veces a lo largo del tiempo.
Pocos metros antes del bar había una pastelería, muy cerca, casi al lado, y al pasar (siempre me ha gustado tanto el dulce) miré  el escaparate. Debe de ser que alguno de los pasteles me resultó muy apetecible, y que hice el gesto de entrar, y pedirlo, y comérmelo.
Ella, entonces, paró de lo que estaba diciendo para preguntar con algo de impaciencia, o sequedad, “¿quieres una nécora o quieres un pastel?”.
Mis palabras no las recuerdo, pero sí que le contesté (juro que sin mosquearme y en tono perfectamente sereno) que no era incompatible; yo me comía el pastel en un momento, allí, de pie en la pastelería, y seguido nos metíamos en el bar y tomábamos la nécora, o lo que fuese, sentadas y conversando y riéndonos, como de costub…
Me atajó bastante expeditiva replicando, con el grito en el cielo (que es una forma coloquial de decirlo, jamás gritaba y su voz era además muy pequeñita; costaba que la oyesen y cuando quería algo decía “pídelo tú”), que eso no era lógico y que cómo iba a tomar un pastel y de postre una nécora.
Le contesté que eso para mí no era problema ninguno, que el orden me daba lo mismo.
Nos enfrascamos en una argumentación (que no discusión, nunca lo he recordado como discusión, ni lo viví en el momento como discusión) porque ella insistía en que me definiese, si quería una cosa o quería la otra, pero que eligiese, que siempre descargaba en ella la responsabilidad de decidir dónde íbamos o qué hacíamos en cada momento.
– Pero si es que me da igual.
– No puede darte igual. Nada da igual. Siempre se prefiere algo.
Y que si quería pasteles lo dijera (a ella el dulce nunca le tiró mucho), y en vez de al bar de los mariscos nos íbamos a merendar a una cafetería.
No me comí el pastel. No por nada sino tan sólo porque sencillamente lo olvidé, me desentendí de él, y me aparté del escaparate tratando de explicarle que yo también prefería algo, pero algo que no tenía nada que ver con pasteles, ni con nécoras, ni…
– ¿Con qué, entonces?
No tengo recuerdo de que nuestro estar, ni nuestra actitud ni nuestro buen humor se vieran ensombrecidos, ni enrarecidos; sí sólo de que ya en el bar la conversación derivó hacia esos temas que solíamos (o quizás era ella, o quizás sólo yo) denominar “metafísicos” porque, siguiendo con mis intentos (o a instancias de sus demandas de “aclárate”), intenté hacerle comprender que lo que de verdad me importaba y atraía, mi auténtica “preferencia”, era estar bien, y que para estar bien necesitaba que estuviese bien ella, sin importar comiendo qué…
Creo que no me entendió. O que no me expliqué. Creo que incluso ahora, teniendo bastante mayor facilidad para la palabra escrita que para la hablada, tecleando frente a la pantalla del ordenador sin prisa, sin nada ni nadie que me apremie, fumando cigarrillos y tomándome todo el tiempo que quiera para pensar y plasmar qué o cómo lo tengo en la mente, no acertaré a escribir una explicación del todo comprensible.
– ¿Se trata — lo escribo en presente porque la pregunta, en sus aspectos “metafísicos”, sigue sin resolver y continúa teniendo vigencia, aunque no haya nécoras ni pasteles de por medio ni (pero esa es otra historia) esté ya ella — de que yo soy persona abnegada, generosa, que me sacrifico por los demás?
¿Por complacerlos?
¿Por agradar?
¿Y el sacrificio, lo hago de buen grado o a regañadientes?
La respuesta es tan sencilla como que no había (entonces, que ahora ya no lo sé porque no existe ninguna otra “ella” con quien mantenga una relación tan estrecha; ninguna otra “ella” cuyo estar bien o estar mal me afecten ni conciernan) sacrifico ninguno.
No suelo, además (y para ser sincera), renunciar a mis deseos, incluso caprichos, por satisfacer los de otros y sólo por complacerlos o agradar.
Es decir, y respondiendo a mis propias preguntas de abajo a arriba: no soy persona abnegada o generosa, o no más que el común de los mortales.
Ocurre sí, y en eso ella tenía razón, que el elegir me resulta por lo general… ¿difícil? Yo más bien lo llamaría “ajeno” o “indiferente”.
Difícil no, difícil nunca porque si las consecuencias de mi elección van a recaer sólo en mí, a afectar sólo a mí, a favorecer o perjudicar sólo a mí, me decido en seguida y atendiendo, nada más, a qué de lo que elija me hará sentir más vital, y más despejada mi mente, y que el aire llega a mis pulmones con más facilidad...
Entonces surge una nueva pregunta que es dónde está exactamente la línea divisoria entre el sentirse feliz o el quedarse contento.
Y no sé la respuesta. No sé dónde está esa línea divisoria. Pero sé que elijo, siempre, sentirme feliz.
Es decir, que a fin de cuentas elijo, me defino. Como todo el mundo.
Y que elijo lo que considero mejor o más conveniente para mí. Como todo el mundo.
De modo que, volviendo a ella. Yo elegía que ella estuviese bien, quizás, tan sólo, porque entonces el clima, el ambiente que nos envolvería, sería bueno, y grato, y surgirían sin dificultad la risa, y la conversación, y la comunicación…
Vamos que, a fin de cuentas,  soy tan egoísta como cualquiera.
Y creo que el análisis está bien hecho.
Y que si volviera a Mugardos con ella y caminásemos por aquella misma acera prestaría atención a pasar de largo, sin mirar el escaparate, por delante de la pastelería.
Pero creo también, ahora que me doy cuenta, que un poco de trampa estaría haciendo. Y que no daría resultado.
Aunque no importa, que en tal caso el tema “metafísico” de la conversación sería por qué no miras el escaparate, por qué haces trampa.
Y yo trataría de hacerle comprender mis porqués.
Y ella replicaría con sus observaciones y sus objeciones y sus “peros”.

Y dentro de treinta y cinco años recordaría una más, pero una nueva, de aquellas conversaciones que solíamos (o quizás era ella, o quizás sólo yo) denominar “metafísicas”. 


Bodegón con limones

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