domingo, 23 de octubre de 2016

Texto 11.21

Publicado por  el Oct 23, 2016 en Undécimo mensaje. Las cárceles de la razón. 

11.21 “Se podría decir que todo aquello que dificulta el desarrollo de la capacidad es una impostura; como acción maligna lo calificaría el Tao. Casi todos los hombre son impostores en pequeñas cosas, pero cuando se llaga a trabar la transformación de los mantos energéticos a espacios biológicos, se está engañando a la vida y a su objetivo reptando por el plano de la pura supervivencia, se cierra el paso al brillo de las estrellas y se olvida que la raíz de la vida está ligada al infinito y al no tiempo. Esa experiencia superior está siempre buscándonos, por eso cuando los apsaras han segregado la hiel que cubre el brillo del diamante, se camina despacio y no crecen las flores de la noche porque nace el sueño, que es hijo de las furias y hermano de la muerte oscura y de la envidia, que no nacieron en la inmortalidad sino en las cuevas perecederas de la carne ciega.”

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COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Desde el misterio profundo nació este Universo, y como parte de él nuestra biología, incompleta, rozando aún sus funciones más primarias, pero preparada para evolucionar hacia su desarrollo más complejo y completo. Y es que la Ley, cambiante en su nivel más cercano a lo que entendemos como fenomenología pero única y fija en su origen, solo sería entendida si esa evolución biológica surge desde el misterio profundo, tal y como todo fue creado. Como un juego en el que esta evolución sólo puede ser conducida por la Ley de la creación. Pero, ¿porqué el ser Humano nació en base a unas pautas que ahora ha de seguir para completar su propia evolución?
Aún no entendiendo esta paradoja de la creación, parece claro que nuestra especie ha de caminar con una actitud, y sobretodo con una responsabilidad, forjada desde lo transcendental de nuestra existencia. O al menos rozándola. Sin embargo las sociedades modernas nos invitan constantemente a bajar la cabeza y mirar a la supervivencia en una actitud casi orgásmica, que por cierto, aceptamos con mucho gusto. Esta es la fuente del miedo, ese miedo que nos paraliza las piernas al andar, que casi de forma mágica hace aparecer cruces de caminos donde no los hay, que nos entretiene pensando cuál de estos caminos recorrer, como si hubiera más de uno.

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