domingo, 21 de mayo de 2017

Texto 12.28

12.28 “Y entrando en el último ciclo, el del diez, se abre la mente hacia el futuro, ya no importan las secuencias de tiempo, ya no existe el cuando, el mañana es ya, y mirar hacia el infinito, rondar la luz de la muerte acerca a la Humanidad a la frontera del tiempo, al punto de partida de una experiencia superior”.
 
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Sociológicamente hablando este párrafo tiene mucho que decir. Si entendemos la vejez como esa etapa que comienza cuando se entra en la jubilación, deberíamos reflexionar en lo que significa esto para nuestra sociedad, en lo que el hombre ha querido que signifique.
Por una parte, el adulto pasa gran parte de su vida activa sufriendo por su trabajo, deseando jubilarse para liberarse de esa esclavitud, para dejar de tener responsabilidades y empezar a vivir la vida como quiera.
Pero si somos honestos con la realidad, lo cierto es que ese vivir de vacaciones en la mayoría de los casos conduce a un estado de rutina y aburrimiento donde parece que el sentido de la vida, ahora, es esperar la muerte entreteniéndose con esto o aquello para no enterarse mucho cuando llegue, y sin dar demasiada importancia a nada.
Puede que suene un poco crudo lo que digo, pero más cruda es la actitud que adopta esta sociedad con los mayores y ellos consigo mismos. Tratar al “viejo” con una benevolencia compasiva es desahuciar a un ser humano que tiene mucho que dejar a los que vienen detrás. Y debiera ser precisamente éste quien reivindicara su espacio en la vida. Esta sociedad adolece de viejos que sean conscientes de que tienen mucho que aportar a los demás, más allá de la estereotipada queja: “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Quizá el fallo resida en que unas generaciones luchamos con otras por ocupar el mismo lugar. Uno de los mayores conflictos que se dan en el sistema en que vivimos es el que gira en torno al trabajo, a la productividad. Y a este respecto, ni la juventud ni la vejez se valoran ni se entienden en profundidad, ni por los viejos ni por los jóvenes.
Puede que el recambio generacional tenga sentido con respecto a lo que consideramos lo productivo, lo “útil”. Pero quizá también le demos demasiada importancia a eso que llamamos “vida útil”. Por ejemplo: una persona trabaja durante 30 años en una fábrica de calzado, y a los 65 se jubila obligatoriamente; esto le hace sufrir, pues él se encuentra en perfectas facultades para seguir ejerciendo su tarea. Tarea con la que se identifica tan profundamente que no quiere abandonar. Esto es ya en algún sentido una trampa para la libertad. Pero en cualquier caso, si así fuera, puede seguir haciéndolo pero desde otro lugar, ya no por supervivencia; puede que sea el momento de la vocación, y la transmisión. Su jubilación se lo permite, y además puede descubrir nuevas cosas. El problema es que no se lo cree porque piensa que lo único útil era lo que hacía; o peor, asume creer que ya no le corresponde hacer nada más, que ya ha hecho bastante. Y entonces adopta la actitud de Peter Pan.
Lo que esta sociedad no ve, lo que nadie quiere ver, es que el viejo puede estar en posición de ofrecerse a los demás. Porque tiene una vida, una experiencia que compartir y porque hay mucho “huérfano” en este mundo. Pero hay que querer, y hay que atreverse. ¡Reivindico aquí la capacidad del viejo de hacer un trabajo social! Reivindico aquí al viejo que se responsabilice, y no me refiero a pagar con sus pensiones la vida de sus hijos. Posiblemente si cambiáramos ciertas cosas a este respecto, eso dejara de ser necesario por si solo. Creo que es fundamental romper las pirámides de edad.
Un ejemplo más: si cada jubilado con una edad comprendida entre 70 y 80 años, que se encuentre bien, como hoy en día es habitual, asumiera la tutela de un niño que necesitara apoyo escolar para sacar adelante sus estudios, me atrevo a decir que se erradicaría casi totalmente el fracaso escolar. Es más, quizá cambiara totalmente el sistema educativo, lo cual no sería malo. Los niños no estarían tan solos, ni los padres tan estresados, ni los abuelos tan enfurruñados. Y el principal referente de la casa dejaría de ser el teléfono móvil o la televisión.
Si cada jubilado saliera y mirara a su alrededor y pensara que puede hacer algo por alguien, y que además no necesita compensación económica por ello puesto que ya la tiene, otro gallo cantaría. Porque, ¿cómo alguien que ya no tiene nada que perder teme la aventura?
Si el viejo ejerciera de viejo, si el joven creciera aprendiendo a ser viejo, esta palabra resonaría en nosotros de otra forma, se acercaría más a conceptos que le corresponden precisamente por estar cerca de esa luz que llega de la frontera del tiempo. El Viejo de una tribu solía ser el más sabio, aquel que imponía respeto sin autoritarismo, un respeto amable, una chispa viva que sabía mucho, que emanaba un halo de verdad, de plenitud, y que asumía el trabajo que suponía dejar un legado a los demás, convivir con los demás, favoreciendo también que éstos se expresasen, que se fueran conformado en lo que son, seres humanos, que muriesen al menos en el camino de llegar a serlo.
Ahora nadie quiere llegar a viejo. Reivindico la ilusión de hacerme vieja, esto significa para mí un honor por conquistar.

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